La nada extensa
Dicen las lenguas flojas, las malas y las buenas, las indiferentes y las que conozco, las ignorantes, las sueltas, las azules y las moradas, que eres hielo en horas de oficina y un cargo de conciencia el resto del tiempo. Hay quien cuenta que tu pulso se congeló al oír los tientos de la soledad, que los besos blandos sonríen al compás de tu memoria, que los encuentros no vividos aún, son manchas indelebles. Y de pronto un claro a lo lejos, un punto difuminado en medio de la nada extensa le conoces, y así comenzó todo.