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EL ROJO NO ES SOLO UN COLOR

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  En ella no es su belleza -si la tuviera- lo que le hace distinta, tampoco su forma de vestir o su pelo cada día más pobre, ni sus arrugas ya indiscretas en las palmas de las manos o en los pliegues del cuello, siempre alejado de los hombros, siempre despejado, siempre libre. En ella, el rojo es su táctica para ser feliz. Juega con las letras, y con las energías de los minerales, a los que escucha como si le cantasen coplas. Ahora ha encontrado otra parte de ella en el libro que sujeta con seguridad y agradecimiento. Ahora que el tiempo le permite conversar con las ideas descubre que no es tan malo hacerse mayor, que envejecer rica en inquietudes y pobre en tiempo, tiene enmienda. En ella, lo que le diferencia del resto es el respeto por la belleza, la seguridad del trabajo bien hecho, la capacidad de lucha consigo misma, por equilibrar el SI con el NO. En ella el rojo es su salvación.    
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De entre todas las personas que llevan una flor en el pecho fuiste elegido tú; por las huellas que dejas al pisar, huellas intermitentes que acarician sonrisas a medias y por la luz generosa que desprende tu aura y por tus besos, sí, por tus besos cómplices cualquier día de la semana, a cualquier hora del día, a cualquier segundo de una hora; porque tienes un corazón hecho de lágrimas y rejuvenece con cada llanto. De tanto que te quiero se me olvida quererme, aunque sea por debajo del pelo o de las arrugas, quererme en silencio o a gritos se me olvida, sí. Es por tanto que te quiero por lo que ya no me quiero yo.  

Caricias que curan

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              Charlotte lo que más deseaba en el mundo era que su madre mostrará un poco más de cariño hacia Pipper. Que le acariciara el hocico o le tocara las orejas. Siempre le había gustado de ella la manera que tenía de sujetar con las manos la cara a la personas o la delicadeza con la que limpiaba los objetos que le importaban como los que le resultaban incómodos. Sus dedos eran largos, pero se notaban en ellos el paso del tiempo y el factor genético de la artrosis, pero no dejaban de ser unas manos cautivadoras, con una manicura elegante y una historia interesante entre las líneas.             Se pasaba horas acicalando la buganvilla. Con suma delicadeza le frotaba las hojas con las yemas de los dedos humedecidos. Retiraba las flores secas y le cambiaba la tierra prácticamente sin ensuciarse las uñas. Viéndola tratar con esa dulzura a la planta Charlotte no enten...