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La niña que llevas dentro

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Y te das cuenta de que te duele una parte de ti que no es tuya, que el tiempo pasado ya no se recupera y es una putada, que te llamas tonta porque lo eres y te sienta como un guante. La decepción te ha dejado un sabor como a vino picado y  que te den por el culo no te gusta nada. Puedes escribir los versos más tristes esta noche pero no, eso  se lo dejas  a Neruda a ti no te queda bien, prefieres ensuciar un papel con lágrimas  encendidas y tatuar corazones simpáticos. Intentas buscar sus ojos en los tuyos y  al revés, rozar tu espalda con su espalda y viceversa pero te escondes en una jaula de metal pesado y salir te asusta. Prometes volver a ser niña, lanzar gotas de esperanza  en la oscuridad, enterrar bajo una capa de cieno el dolor adulto y volver a sonreír.

Las coordenadas Narrativas. El Espacio y la atmósfera

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El espacio literario es la tierra que recorren los personajes, la tierra en la que acontecen los hechos. Inventados o reales, eses lugares siempre son espacios idealizados, porque se nos muestran coloreados por la mirada del que escribe. Dichos espacios son también protagonistas de la trama y de ellos emana un aura que recorre la narración y que envuelve a los personajes. Ese “aura” nace de dos tipos de espacios que se entrelazan: Un espacio físico, que el escritor debe aprender a componer con detalles bien elegidos. Un espacio emocional, al que llamaremos atmósfera  y que viene a ser el lugar social y psicológico que contribuye a creer el sueño de ficción. De las cuatro formas de narrar que analizamos al hablar del ritmo –resumen, elipsis, descripción y escena- el espacio se basa sobre todo en la descripción. En ese remanso del texto es donde el entorno de la historia se va dibujando poco a poco, fruto de una composición casi pictórica. El escritor pinta un espacio ...

Veinte segundos y una canción

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Alguien sabio e impreciso me contó una vez, tal vez dos o quizá lo soñé, que las mariposas vuelan al compás de un tango argentino y que la mentira más grande viaja dentro de un baúl de historias inapropiadas. Sin la inteligencia de otros pero algo más astuta que muchos, puedo decir con una copa de más y alguna otra de menos que quiero creer que solo eres brisa fresca, que lo que acaricia mi bello erizado es tu melodía y no el roce de tu pelo cuando me besas, que son tus ojos y no los míos los que derraman versos frágiles, que es tu boca y también la mía la que quiere un encuentro fácil y que mis cinco sentidos más el que escondo bajo la  almohada rezan a cualquier Santo despierto para escuchar los acordes del viento mientras me balanceo por la cubierta del Titanic. Y así, en veinte segundos y una canción busco por los huecos libres de culpa sin que se juzgue mis roces con la vida.

El tiempo en el ritmo de la narración

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Para que una narración sea fluida debe tener un ritmo interno, una armonía especial que la recorra como si fuera una melodía. Esa melodía depende de cómo utilicemos las diferentes “velocidades” del tiempo de la ficción. Combinar los cambios de velocidad, -aceleración, desaceleración- con fragmentos a tiempo real –escena- convierte el texto escrito en un fluido por el que el lector se desliza. El escritor, mediante estos tres tipos de “velocidades”, puede conseguir: Mostrar, por medio de la escena, momentos culminantes de la narración o caracterizar al personaje. Pasar de puntillas sobre los momentos muertos, acelerando o eliminando un período de tiempo que no le interesa o bien ocultando un hecho para crear intriga. Detenerse o ralentizar un momento relajando la lectura, describiendo un paisaje, un personaje o un ambiente. La “velocidad” es la relación entre la duración de la historia –días, meses, años…- y la extensión que ésta alcanza en el texto, de tal forma que el...

Silencio

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Silencio

Burbujas de colores para un corazón herido

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Y decir adiós con las manos vacías y los nudillos sangrando con tu sexo destilando aún fragancias  frescas y con la exigencia de un encuentro que no llegará. Y despacio desapareces, sin darte cuenta, dejando burbujas de colores entre mis piernas y lágrimas invisibles temblando en mi boca. Creía conocer todo de ti hasta la huella que dejabas en mi piel cuando todavía no estabas conmigo. No te culpo por quererme, ni me culpes porque yo te quiera más, no te acuerdes del reloj que pausó aquellos besos exquisitos, ni te asomes a los instantes que duelen camina con las manos en los bolsillos y solo siénteme. No te preocupes por mí estaré bien, coleccionando imágenes imposibles en mi memoria y llenando de besos chiquitos a mi corazón herido. Quiero que sepas que no se me da bien llorar y por eso solo lo hago  hacia dentro sin que se note, sin que se vea dibujando mares de agua pura en un oasis dormido. Entretanto esperar...

Libre para querer a los delfines

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Te quieres y mira que no lo digo yo. Somos cómplices de usar la palabra bajo el agua, el verso escrito dice un tanto de ti y otro tanto de aquel, los adjetivos rechazan  la violencia que existe sobre tu mirada ennegrecida y las metáforas no sirven  para curar acosos sostenidos. Ahora en un lenguaje real te digo que no te quiero, tus sentimientos fabrican inestabilidad poética y en  un descuido me tocas, pones una mano encima de mi vulnerabilidad y lo que cuelga entre tus piernas intenta seducir los sinónimos de mi prosa. Pero te falta un nombre propio una jarra de conocimiento bien fría para entender que soy libre para querer a los delfines. Claro que te quieres y por eso, yo a ti no.