CIENTO DIECIOCHO DÍAS

A estas alturas de mi vida, además de leer una hora antes de que las hormigas se despierten, trabajar otras ocho como mínimo, limpiar la casa, aunque esté limpia, pegar el botón a esa camisa que no me pongo, mover las caderas, aunque me duelan NECESITO CONTEMPLAR TU SONRISA, y, si la acompaña una carcajada olvido que el día tiene veinticuatro horas. Tan bonita, tan sincera, tan valiente, tan como lo era la de tu tío. Y es que la vida es una risa, a veces una risilla tonta, otras una risilla fácil, otras veces se ríe por no llorar. Alguien no estará de acuerdo, o muchos o quizá todo el universo, pero a estas alturas de mi vida, me importa una higa.

MERECES RISAS TODOS LOS DÍAS.

Estás en un momento de disfrutar de lo más bello que la vida te ofrece, no dejes que nada lo enturbie. Dentro de ciento dieciocho días, podría ser alguno más o alguno menos, tendrás que mostrarle a “pequeñito” tu mejor sonrisa,

aunque las noches sean cortas,

aunque los miedos duelan,

aunque los pañales apesten…

A estas alturas de mi vida, cuando la idiotez se ha instalado en mis pliegues y flojea el cable de las emociones, además de tener treinta y seis años de sonrisas custodiadas en la sala vip de mi memoria, tengo un arco iris vestido de amor del grande, del que tú y yo sabemos, de ese que marca las horas del reloj para apretar fuerte ese cable que anda suelto.

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