
Charlotte
lo que más deseaba en el mundo era que su madre mostrará un poco más de cariño hacia
Pipper. Que le acariciara el hocico o le tocara las orejas. Siempre le había
gustado de ella la manera que tenía de sujetar con las manos la cara a la
personas o la delicadeza con la que limpiaba los objetos que le importaban como
los que le resultaban incómodos. Sus dedos eran largos, pero se notaban en
ellos el paso del tiempo y el factor genético de la artrosis, pero no dejaban
de ser unas manos cautivadoras, con una manicura elegante y una historia
interesante entre las líneas.
Se
pasaba horas acicalando la buganvilla. Con suma delicadeza le frotaba las hojas
con las yemas de los dedos humedecidos. Retiraba las flores secas y le cambiaba
la tierra prácticamente sin ensuciarse las uñas. Viéndola tratar con esa
dulzura a la planta Charlotte no entendía como se comportaba de esa forma tan
extraña con el perro.
El
trato que Constance le dispensaba al Braco de Weimar no era violento pero su
total indiferencia le suponía a Charlotte un desasosiego innecesario.
Pipper
sólo iba a casa de Constance de visita. Lo de los pelos y las pulgas no
entraban dentro de lo que para ella era una convivencia. Pero no siempre fue
así Constance se crío con un caballo, un caballo muy especial, un caballo ciego
que se comunicaba con ella por el roce. De ahí que las caricias de Contance
sean tan extraordinarias, pero Pipper no era su caballo. Su caballo murió y con
él su amor por los animales.
Hace
unos días el Braco se puso muy enfermo, lo tuvieron que operar a vida o muerte
y a Charlotte no le quedo más remedio que pedir ayuda a su madre. A Pipper
había que vigilarle durante todo el día y ella tenía que trabajar. Al
principio, Constance se negó, pero al ver rodar dos lágrimas por la mejilla de
Charlotte, accedió. Le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso en esos
dos brotes salados.
–Hija,
vete tranquila, Pipper estará bien.
–Gracias
mamá.
Constance,
se tumbó junto a él, le acarició las orejas y le tocó el hocico. Por unos
segundos cerró los ojos y se vio de jovencita cabalgando sobre su caballo
blanco por el prado verde de la finca de sus padres. Abrió los ojos y se miró
las manos y comenzó a llorar desaforadamente.
Charlotte
desde la puerta vio la escena y se acercó rápidamente:
–Mamá
¿qué tienes? –preguntó.
–Sangre,
mis manos, están llenas de sangre –gritó.
–No
mamá, tus manos están tan bonitas como siempre.
Constance
miró a su hija y la abrazó.
–Mamá,
creo que tienes algo que contarme.