viernes, 21 de marzo de 2025


De entre todas las personas que llevan una flor en el pecho

fuiste elegido tú;

por las huellas que dejas al pisar,

huellas intermitentes que acarician sonrisas a medias

y por la luz generosa que desprende tu aura

y por tus besos, sí,

por tus besos cómplices cualquier día de la semana,

a cualquier hora del día,

a cualquier segundo de una hora;

porque tienes un corazón hecho de lágrimas

y rejuvenece con cada llanto.

De tanto que te quiero

se me olvida quererme,

aunque sea por debajo del pelo o de las arrugas,

quererme en silencio o a gritos

se me olvida, sí.

Es por tanto que te quiero

por lo que ya no me quiero yo.

 



lunes, 17 de marzo de 2025

Caricias que curan

 


            Charlotte lo que más deseaba en el mundo era que su madre mostrará un poco más de cariño hacia Pipper. Que le acariciara el hocico o le tocara las orejas. Siempre le había gustado de ella la manera que tenía de sujetar con las manos la cara a la personas o la delicadeza con la que limpiaba los objetos que le importaban como los que le resultaban incómodos. Sus dedos eran largos, pero se notaban en ellos el paso del tiempo y el factor genético de la artrosis, pero no dejaban de ser unas manos cautivadoras, con una manicura elegante y una historia interesante entre las líneas.

            Se pasaba horas acicalando la buganvilla. Con suma delicadeza le frotaba las hojas con las yemas de los dedos humedecidos. Retiraba las flores secas y le cambiaba la tierra prácticamente sin ensuciarse las uñas. Viéndola tratar con esa dulzura a la planta Charlotte no entendía como se comportaba de esa forma tan extraña con el perro.

            El trato que Constance le dispensaba al Braco de Weimar no era violento pero su total indiferencia le suponía a Charlotte un desasosiego innecesario.

            Pipper sólo iba a casa de Constance de visita. Lo de los pelos y las pulgas no entraban dentro de lo que para ella era una convivencia. Pero no siempre fue así Constance se crío con un caballo, un caballo muy especial, un caballo ciego que se comunicaba con ella por el roce. De ahí que las caricias de Contance sean tan extraordinarias, pero Pipper no era su caballo. Su caballo murió y con él su amor por los animales.

            Hace unos días el Braco se puso muy enfermo, lo tuvieron que operar a vida o muerte y a Charlotte no le quedo más remedio que pedir ayuda a su madre. A Pipper había que vigilarle durante todo el día y ella tenía que trabajar. Al principio, Constance se negó, pero al ver rodar dos lágrimas por la mejilla de Charlotte, accedió. Le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso en esos dos brotes salados.

            –Hija, vete tranquila, Pipper estará bien.

            –Gracias mamá.

            Constance, se tumbó junto a él, le acarició las orejas y le tocó el hocico. Por unos segundos cerró los ojos y se vio de jovencita cabalgando sobre su caballo blanco por el prado verde de la finca de sus padres. Abrió los ojos y se miró las manos y comenzó a llorar desaforadamente.

            Charlotte desde la puerta vio la escena y se acercó rápidamente:

            –Mamá ¿qué tienes? –preguntó.

            –Sangre, mis manos, están llenas de sangre –gritó.

            –No mamá, tus manos están tan bonitas como siempre.

            Constance miró a su hija y la abrazó.

            –Mamá, creo que tienes algo que contarme.